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La sutil inteligencia del comienzo de "Huestes", segundo disco de Weste

Análisis del comienzo de Huestes, de Weste, por Pierre Froidevaux

La sutil inteligencia del comienzo de

En los discos, los primeros segundos de la primera canción, son tan importantes como las primeras palabras u oraciones de las grandes novelas. O al menos eso quiero seguir creyendo, un poco para justificar y revindicar la existencia de obras largas, que desafíen el tiempo con el que el espectador cuenta.

Al inicio de Huestes de Weste, grupo liderado por Clara Trucco e Ignacio Pérez, se escucha el sonido de un charango, seguramente emulado por un sintetizador. La escala que se ejecuta, que bien podría ser andino u oriental, da la clave del disco, sincrético en su conjugación de ornamentos telúricos sobre estructuras pop tradicionales, el espectro cromático del grupo se termina de entender cuando se los ve en vivo, instancia en la cual los colores con los que juegan efectivamente se materializan. Pero a ese señalamiento de la clave melódica y estructural, le sigue algo aún mejor: la canción “Crisantemo” parece haber empezado, con su elegante línea melódica llevada con un sonido místico y dinámico. Pero es sólo el borrador: quizás una premezcla, o el esqueleto de la idea de la canción. Como de un tirón escuchamos un apurado rewind y todo se resetea: el tema vuelve a empezar, maduro y calmo, con el tempo ralentizado y las texturas ensanchadas, dejando en claro cual será hasta el final de la obra, el pulso del disco.

Por el resto, Huestes es una obra sincera, que no hace concesiones y avanza su camino de cultura plural y baile universal sin titubear. Recorriendo la estética de folklores andinos, fusionándolos con escalas orientales hasta unificar las influencias y las texturas, como si en lugar de ser asociables a recortes espacio-temporales, pertenecieran a una universalidad más babélica que globalizada. Y aunque no es un disco largo, su escucha demanda paciencia, dado que esconde secretos tanto musicales como poéticos, estructurales y hasta lingüísticos. Sin dudas es uno de esos casos en que cada parte de la obra merece atención, aunque el inteligente tropo del inicio resalta por su originalidad y astucia. No para sobredimensionar, pero la sensación al escuchar esos primeros segundos me recordó, por lo abrupto y enigmático a la oración que da inicio a Moby Dick, de Melville:

“Pueden ustedes llamarme Ismael”

Y por lo elegante y categórico al comienzo de Anna Karenina, de Tolstoi:

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.”